
Ayer, mientras esperaba a que llegase el tren en la estación de Vigo decidí tomar un café en uno de esos agradables locales en los que uno se sirve a si mismo y sale de allí agradecido de que no le hayan escupido en la taza (me fijé bien para asegurarme). En la tele, el telediario de la uno. En titulares, dos obreros muertos en las obras de un túnel en Andorra. Alargué un poco más de lo prudente mi estancia en el acogedor establecimiento con el fin de saber qué había pasado. Para ello, tuve que tragarme media hora de reportajes sobre la caída del muro de Berlín. Después lo dijeron, sí habían muerto dos, igual incluso más. Ah, y eso, que eran portugueses. La desgracia de estos obreros merece hoy para El País una fotonoticia. A continuación un especial sobre la caída del Muro de Berlín, la llegada de la libertad y el origen del "mundo globalizado y unificado", dicen orgullosos. Al lado de mi casa, unos obreros también portugueses, subcontratados por una empresa contratada por FCC, trabajan en la construcción de un paso subterráneo, en el seno de las obras de la línea de Alta Velocidad (las que hace el Ministerio de Fomento, o sea, el Estado, sí), y en unas condiciones supuestamente más que precarias (según salta a la vista). El muro de Berlín cayó. Viva el sistema.

